Negra historia que no empieza y que no acaba | Jorge Ramiro Pérez

Negra historia que no empieza y que no acaba

Lorena encende un cigarro y se acerca a la ventana a contemplar la noche azulada. La sequedad del verano en Madrid es asfixiante, dormir era casi tan imposible como innecesario para ella. A lo lejos una extraña sinfonía de instrumentos discordantes: Una ambulancia, un grupo de borrachos tratando de acercarse a un grupo de mujeres que los reciben con insultos, tacones altos sobre cemento, cristales que se rompen en la lejanía. El alma urbana de una ciudad, un inconsciente colectivo cosmopolita que parecía reprocharla lo que había hecho.

Un ruido sordo de incesante goteo proviene de la habitación, cada una de las perlas carmesí que caían sobre la moqueta eran segunderos en el incesante reloj del martirio que turba su corazón. Las velas juguetean caprichosas, proyectando formas monstruosas y grotescas sobre las paredes de gotelé, bailarinas sin forma, etéreas y sinuosas, que se fundían unas con otras en el abrazo del crepúsculo de sangre.

 Piotr yace sobre la cama del hotel sin vida. El ruso otrora ufano y orgulloso, cruel en sus gestos y palabras, reposa de una manera casi serena. La obscema parodia de un velatorio  por un mal hombre.  Lorena se postra ante él, mientras los tímidos rayos del sol comienzan a entrar por las ventanas.

-          Yo te perdono- susurra Lorena- Es hora de que me perdones tu a mí. Sé que habrías hecho lo mismo, mi amor

Lorena se acerca al escritorio de la mugrienta habituación de hotel, y tras terminar de arreglarse recoge la bolsa de deporte. Es una  mujer fuerte por dentro y por fuera, pero  apenas puede con el peso de la bolsa. Finalmente, consigue arrastrarla tirando con ambas manos.  Antes de abrir la puerta del hotel comprueba su contenido, no falta nada… Un alto precio, una recompensa inenarrable, la perdición definitiva que solamente ha costado a Lorena su alma. Bajar las escaleras del hotelucho es casi imposible con la bolsa y con los zapatos, así que decide dejarla caer por las escaleras. Nadie hace preguntas, nadie mira a la altísima mujer abandonar el vestíbulo arrastrando una rebosante bolsa de deporte como si tratase de un perro vago y glotón.

Lorena llama a un taxi, un hombre grande de aspecto amable se ofrece a ayudarla con la bolsa,  pero ella lo rechaza con un gesto adusto.

Una vez dentro del taxi el amable conductor se dirige a Lorena en tono cordial y bromista – Está usted más fuerte que yo para poder sola con esa bolsaza, señorita. ¿A dónde vamos?

-Al aeropuerto-contesta Lorena- Y, agotada, se deja caer en el asiento llorando y riendo de manera nerviosa y casi maniaca. Y todos sus sueños se cumplen y se rompen al mismo tiempo.

 

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