Política Criminal de tasca: ¿Es el delincuente un monstruo moderno?

Hay monstruos en la villa, las muchedumbres enfurecidas se dirigen hacia ellos entonando cantos de redención y castigo, esgrimiendo antorchas para hacerlos arder en una bacanal de justicia popular. Hay monstruos en el sanatorio, agazapados en un rincón hablan lenguas extrañas y obscuras, pronto serán convertidos en algo menos que mobiliario a través de una cuidada lobotomía.  En sus rostros está grabado el estigma Lombrosiano del atavismo, en sus genes la mutación trisómica XYY: Son los “Otros”: Aquellos que justifican la pugna con el “Nosotros”.

Durante años, el delincuente ha sido considerado un loco, un enfermo o un poseído. Alguien cuya transgresión de las normas morales era tan profunda que resultaba aterradora e incomprensible, poco a poco la Criminología ha ido desmitificando esa idea esencialmente a través de las teorías sociológicas explicativas del delito.  En los EEUU años 30, se empieza a hablar de Ecología Criminal, de Asociación Diferencial, etc. Teorías que entienden que el delito se produce por interacción con un entorno hostil (barrio o ciudad) o con una serie de valoraciones pro-delictuales provenientes de los más allegados (familia, por ejemplo y amigos).

Posteriormente se empieza a tratar el tema del labelling (etiquetamiento) , es decir, la asunción de identidades criminales por interaccionismo simbólico proveniente de los instrumentos del control social. El delito se entiende como una construcción artificial realizada por los poderosos para etiquetar a las clases trabajadoras, una especie doma en la que se perpetúa el ciclo de poder.

Sin embargo, cada día estamos expuestos a situaciones más extremas de radicalismo. Se producen juicios paralelos, se exige un constante endurecimiento de las penas, los pánicos morales (interesante teoría desarrollada por Stanley Cohen en 1972) toman forma de bandas juveniles, delincuentes aislados, drogadictos o jóvenes capaces de cometer los hechos más atroces, de poligoneros y botelloneros locos… Los medios de comunicación se convierten en los verdaderos jueces, jurados y verdugos del siglo XXI y su veredicto es siempre inapelable. Nos encontramos, como se ha indicado por varios teóricos, en el denominado paradigma de seguridad ciudadana (una involución de la política criminal según García-Pablos) o la cultura del control de la que habla el escocés David Garland. Los temas son recurrentes: Miedo constante al delito, sacrificio de garantías constitucionales, exigencia de justicia sumaria y extrema e hipertrofia de lo privado.

Por otra parte, las tesis más actuales en referencia a la explicación del fenómeno criminal tienden a indicar que cualquiera puede ser un delincuente si se dan las circunstancias de motivación y oportunidad, generalmente asociadas a la ausencia de guardianas capaces. Un bolso descuidado en una discoteca, un móvil de última generación en un bolsillo trasero, un coche con las puertas abiertas y una gran bolsa de dinero dentro (imaginemos esta bolsa con el caricaturesco dibujo de un dólar). Los ladrones ya no llevan antifaz y camisa con rayas negras, sino que visten de aparente normalidad.

Tal vez por esto, y ante la aterradora idea de que cualquiera puede ser un desviado (¿Qué madre no teme encontrar bolsas con el símbolo del dólar en el cuarto de su hijo, junto a un festival de smartphones robados?), se acentúa la necesidad de exacerbar la idea del “Otro”.  Los crímenes de mayor entidad se convierten en mediáticos y explosivos. Se acentúa, por ello, su exotismo y anormalidad. Y de este modo el “Nosotros” encuentra solaz en la existencia de una manada voraz de delincuentes atípicos. Nuestra normalidad y fragilidad se convierten en sacramento.

Debemos entender que esta idea es altamente peligrosa y regresiva, puesto que la Criminología no puede convertirse en una asignatura de tasca-bar; de crónica de sucesos en periódico gratuito manchado de aceite y restos de pan, churros y cañitas. Estos juicios no tienen la entidad suficiente para convertirse en modelos informadores de la Política Criminal, ya que, aunque no lo queramos, la idea de reinserción mana de la norma suprema del ordenamiento jurídico. Y esto me devuelve a mi redundante tesis: En estos tiempos de conflicto y agitación, de caos axiológico e institucional, la figura del criminólogo y su especial sensibilidad es clave para la correcta comprensión de la realidad del delincuente, la educación de la sociedad y la re-educación del infractor.

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2 Comentarios | Leído 254 veces

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2 opiniones en “Política Criminal de tasca: ¿Es el delincuente un monstruo moderno?”

    1. Estimado JMA,

      Muchas gracias por tus palabras amables y por tu entusiasmo.

      Me pongo con tu entrada en cuanto tenga algo de tiempo.

      Un saludo,

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