Un cuento criminológico: Las crónicas de Enriq (Parte I)

I.                    Sobre la alfombra

Enriq yace sobre la alfombra blanca en una postura imposible; la truncada simetría de una vida robada. Su verdugo blande una llave inglesa, instrumento de esta siniestra apoteosis. Mientras, la vida de Enriq pasa ante sus ojos como una película desenfocada y líquida, formando una sinfonía sincopada y desafinada en la que los fragmentos ya no son parte del todo.  Enriq es un hombre grande y fornido, de barba desarreglada, pelo negro encrespado. Sus ojos oscuros, como un estanque de alquitrán del mismo color que los tatuajes tribales que marcan su cuerpo. Ahora parece un juguete olvidado tras la noche de Reyes.

Enriq Llorens Puig nace en Barcelona en 1975, hijo de un padre funcionario de prisiones y un ama de casa. Su padre es un alcohólico devoto y su madre una acólita del credo de las benzodiacepinas. Dentro de Enriq habita una pasión ardiente por la vida, una furia incesante que marca una zozobra persistente, un pico de constante paroxismo. Todo ello combinado por una adicción al dolor y el sufrimiento (propio y de otros).

En el barrio en el que nace Enriq existe un cementerio construido con los sueños de los príncipes y princesas de barrio que han pagado el alto precio de nacer allí: Infancias marcadas por pequeños robos a establecimientos, botellones a media tarde y persecuciones por la Policía. Infancias sesgadas que acaban en la mayoría de los casos en cárcel, muerte o locura, con la excepción de Enriq.  Él sabe que no acabará como los amigos con los que compartió esos años de vida, dentro de él existe una inquietud y una necesidad que marca sus pasos, el metrónomo de una posible salvación.

II.                  Via Crucis

El boxeo es su pasión, su válvula de escape. A los veinte años se convierte en un profesional de esta disciplina y al poco tiempo comienza a enseñarlo en varios gimnasios de su Barcelona natal. Enriq no tiene estudios, pero su empleo le permite una vida ciertamente relajada aunque siempre disipada. Con treinta años su inquietud le lleva a Valencia, ya que le es imposible establecer una rutina.

Y es ahí donde comienza su particular via crucis, sus catorce estaciones de una cruz que solo se detiene algún que otro domingo. Noches de alcohol y desenfreno, cocaína esnifada en baños de discotecas y pastillas de colores de simpáticos nombres. Enriq se mira en los espejos de mugrientos antros y prostíbulos, y el vacío le devuelve la mirada con un rostro sudoroso de ojos inyectados en sangre.

En los combates de boxeo se vuelve más violento e impredecible, hasta que un día acaba con la vida de un contrincante turco en el devenir de una pelea ilegal. La cárcel le otorga cierto control, disciplina, y es en ese ambiente ciertamente tóxico donde hace las mejores amistades.

Al recuperar su libertad, Enriq y sus amigos deciden celebrarlo por todo lo alto en la costa. Su plan es beber hasta perder el sentido y después encontrar consuelo en algunas meretrices del dolor que le castiguen por sus pecados pasados. Sin embargo, en la barra del bar Sara le regala una sonrisa, y su vida cambia.

Continuará….

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Nota del autor:  El siguiente relato forma parte de una serie de historias protagonizadas por Enriq. De este modo, los alumnos de Introducción a la Criminología del Grado en Criminología UEM (presencial y on-line) se enfrentan al método del caso. Las historias de Enriq permiten al alumno investigar las teorías sociológicas explicativas del delito, cuestiones de biotipología, victimología, tratamiento y rehabilitación, etc. Así, el alumno se convierte en el artífice de su propia formación.

 

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2 opiniones en “Un cuento criminológico: Las crónicas de Enriq (Parte I)”

  1. Fco. Javier Perez Andrada dice:

    Espectacular, como todo lo que hace Jorge. Imprescindible para toda aquella persona que se interese por la Criminología. He visto pocas personas tan entregadas e interesadas por la Criminología, como lo está el profesor Jorge Ramiro Pérez Suárez, enhorabuena.

    1. Franciso,
      Muchas por tus amables palabras.
      Saludos,

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